“Self-awareness is a supreme gift, a treasure as precious as life. This is what makes us human. But it comes with a costly price: the wound of mortality. Our existence is forever shadowed by the knowledge that we will grow, blossom, and, inevitably, diminish and die”.

– Irvin Yalom

Staring at the sun.

El día de ayer conversaba con un paciente acerca de la muerte. De hecho, esto es algo que ocurre a menudo. La muerte suele ser una invitada constante en la vida de la gente y aquí en el consultorio. Una invitada, hay que decirlo, que a nadie le agrada, y que pese a todo no puede evitarse. Estamos absolutamente comprometidos con ella, involucrados en sus decisiones, y la vida no podría ser sin su presencia. Sea como sea, mi paciente, que llegó muy pensativo y sí, un poco conflictuado, acababa de pasar una situación difícil el fin de semana. Un amigo cercano de su padre acababa de morir de forma intempestiva, y el resultado produjo toda una serie de trámites, subidas, bajadas, discusiones, en fin, que terminaron por agotarlo. Sobretodo le trajo a la memoria muertes pasadas, sinsabores y amarguras inevitables. Le recordó la pérdida de su propia madre, de amigos queridos, y esto fue hundiéndolo cada vez más en el pensamiento recurrente sobre la inutilidad de la muerte y sobre todo del ritual que le rodea, Es decir, el velorio, el llanto, los innecesarios pésames, y lo que él llama la prolongación sin sentido del dolor.

Difiero de su opinión, por supuesto. Si, en definitiva la muerte duele, y duele mucho. Creo que no podría ser de otro modo. Pero ¿qué sería del ser humano sin sus rituales? ¿Qué sería de nosotros sin la capacidad de interpretar y re-interpretar la realidad que nos rodea? Al final, esa es la razón de ser de cada ritual, de cada una de las pequeñas variaciones que hacemos voluntaria o involuntariamente a nuestras rutinas y nuestros actos, tratando con todas nuestras fuerzas de traer sentido al caos que nos rodea. Lo que nos vuelve humanos es nuestra capacidad de ser conscientes de nosotros mismos y luego de tomar decisiones con base a esa conciencia, a esos pensamientos, a esos debates. Le explicaba a mi paciente, como lo hago con ustedes, que el hecho de renegar de estos momentos indispensables de reflexión, por más que duela, no solamente no mejora las cosas sino que las empeora. Y además, ¿por qué siempre tenemos que estar en este empeño infantil de huir del dolor? Porque este dolor Jorge, es innecesario, me contesta. ¿realmente lo es?, quiero saber, y al final los dos nos quedamos con la duda. Él con su opinión, yo con la mía. El no viene aquí a cambiar de parecer, a creerse a pies juntillas lo que yo le digo. Viene a encontrar paz y tranquilidad, a poner en orden sus pensamientos y su mente. Yo, sin embargo, si me quedo con todas estas ideas. No me atormentan, pero si me persiguen. Últimamente he estado pensando mucho acerca de la muerte…

En mi libro Enfréntate al Miedo, propuse una idea que a decir verdad no es mía, sino más bien producto de años de pensamiento y reflexión de muchos antes que yo, y que es muy simple: el terror original del ser humano, aquello a lo que todos en secreto tenemos, y que después se configura en la génesis de todos nuestros demás temores, es el miedo a morir; el miedo a nuestra caducidad… El miedo a perder lo único que teóricamente nos pertenece: nuestro ser.  “…ya que para el conjunto de la humanidad es todavía un artículo de fe el hecho de que la muerte es la mayor de las desgracias humanas, y que el acto de morir es la última y agónica lucha contra la extinción. Al mismo tiempo, la incomprensibilidad de la muerte y su supuesta irrevocabilidad han intimidado y aterrorizado a hombres y mujeres desde los albores de la conciencia”, nos dice Philip Kapleau en su libro “El Zen de la vida y la muerte”. Por otro lado, Ginette Paris, en su obra “La vida interior” afirma que “En psicología, los miedos se clasifican según su profundidad. Entre la superficie y el abismo hay una abundante cantidad de miedos, peces de todas las formas y tamaños que nadan en las aguas de la psique y que pueden ser atrapados por la red del psicoanálisis (…). En el fondo yace un solo miedo: la muerte”. Ejemplos semejantes hay muchos, y aunque de vez en cuando he conocido a algunos que afirman categóricos que la muerte no es el miedo general del ser humano, la evidencia que me he encontrado en el camino, dentro y fuera del consultorio, parece refutar su opinión. Siempre hace falta más tiempo, más oportunidad, más momentos. ¿Para qué?, eso es lo que menos importa; siempre hace falta más… No importa en realidad si este ha sido un buen día, si hoy he sido feliz, si hoy me la he pasado bien… lo que importa es que se va a acabar, que va a pasar, y no queremos que ocurra. El solo saber que todo se termina, y que debe terminarse para pasar a otra cosa, nos altera. Tanto más con la muerte, que es el término final y definitivo. Y después de él, ¿qué sigue? ¿Lo sabe alguien? No, y mejor así, que continúe en misterio. A veces saber demasiado estropea la sorpresa. La cuestión es que nuestra tendencia enfermiza de ubicarnos en el futuro, en general, hace más daño que bien. Eso, y nuestro gran y gordo ego, que se resiste con los dientes a soltarse y fluir, a aceptar que en realidad no somos poseedores realmente de nada… Y sobre todo de lo más evidente: que para empezar no hace falta poseer nada para Ser, eso ya nos viene dado por el solo hecho se existir. Todo lo que está en nuestras manos, incluso la vida, es un préstamo. ¿Por qué debería ser de otro modo?

La pérdida es el gran catalizador del cambio. Si tan sólo pudiésemos ver que nuestra vida depende directamente de su caducidad, la historia sería distinta. Justamente porque nada dura para siempre, porque existen el término y la renovación, nos encontramos en un constante impulso vital hacia el frente, hacia la creación y el descubrimiento. Saber que “se acaba”, que seremos expulsados de la comodidad, y que con esa expulsión tendremos que crecer, madurar y enfrentar nuevos obstáculos, nos inclina a ser más fuertes, más valientes, más inteligentes. A seguir caminando. Si, la muerte, y la pérdida, duelen, y les tememos, pero sólo porque no entendemos cuánto les necesitamos. ¡Qué aburrida debe ser la inmortalidad! Qué poco nos reta; que insulsa e incolora la vida del que sólo sabe ganar, y qué rápido nos acostumbramos a la alegría que nunca se acaba, al placer que no nos ha costado nada ganarnos.

¿Será muy atrevido de mi parte decir que deberíamos celebrar la muerte?Tal vez si. Aún extraño a mi padre, que murió hace mucho. Así qué no seré hipócrita, ni radical. Lo he dicho antes y lo haré de nuevo: la muerte es una incómoda compañía. Tal vez, pues, lo que habría que celebrar no es la muerte, sino la vida, que justamente porque se acaba es tan rica, y tan maravillosa. Según el Tao, no hay oposición, no hay lucha… solo complemento. La realidad no es arriba o abajo, sino las dos al mismo tiempo. La verdad no es buena ni mala, sino sólo eso, la verdad… La vida y la muerte son una misma moneda en la lotería de la existencia… Tan dependientes la una de la otra como nuestros ojos dependen de la oscuridad para poder distinguir la luz.

El caos, para mi, no existe. El caos es el producto de nuestra resistencia. Mi paciente llama al dolor del ritual innecesario. Yo, en cambio, le llamo oportunidad y sentimiento. Pellizca mi piel, y descubro que estoy vivo. Le digo adiós a los que dejan este mundo, y me permito empezar de nuevo. Somos transición, somos aliento, somos vida; los que están y los que no. En verdad, el caos no existe. En el fondo, creo que no tenemos nada que temer…

Me marcho ahora. Los dejo, con la esperanza de que lo piensen un poco. Dios sabe que yo lo seguiré haciendo.

Un abrazo.

J.C.

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