But renunciation does not mean turning our back on the world. It means turning our back on the conditions that cause suffering—greed, anger, and ignorance—and rediscovering our natural confidence through seated meditation.

– Jakusho Kwong Roshi. “No Beginning, No End.”

Son las 8:04 de la noche. Mientras escribo estas palabras estoy aproximadamente a 30’000 pies de altitud, en un avión que está llevándonos a mi esposa y a mi de vuelta a casa, después de unas maravillosas vacaciones (ya les contaré un poco sobre eso también en su momento). Ha transcurrido exactamente una hora con dieciocho minutos de vuelo, y estando a poco menos de media hora de tocar tierra se me ha ocurrido esta pequeñísima entrada en el blog, a propósito de la renuncia, la motivación, y la verdadera felicidad.

Verán, hace apenas unos seis años me era absolutamente imposible volar sin experimentar el más absoluto terror. Así, tal cual, sin exagerar. Me pasaba días pensando en que habría de subirme a un avión, cavilando si habría alguna clase de ansiolítico o semejante que pudiera ayudarme a soportar el transe — y sabiendo de ante mano que ninguno sería suficiente para lograrlo –, y por supuesto, en un estado de absurdo e innecesario sufrimiento. Había probado relajarme, controlar mi respiración, pensar en otras cosas, oír música, y pese a todo el miedo seguía ahí: el miedo a morir. “Es el medio más seguro para viajar”, me decía a mi mismo. “Eso lo sabemos todos”, y sin embargo el alivio era mínimo. ¿Y si esta fuera la excepción? Porque siempre la hay, ¿cierto? Siempre hay una excepción, una posibilidad, y esta podría ser. No quería morir, era tan simple como eso (es probable que ninguna persona en su sano juicio lo desee); y aún no lo deseo, por supuesto. Aún me desagrada la posibilidad de dejar la tierra en un accidente aéreo, o en cualquier otra circunstancia. Sin embargo el miedo a volar se ha ido. Aquí, surcando el aire, se los puedo asegurar con total certeza: estoy en paz, sonriendo. Son varios ya los vuelos que he realizado pasándomela fenomenal, y supongo que va seguir siendo así. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Finalmente, vencer el miedo a volar es algo que a la mayoría de la gente le cuesta muchísimo trabajo. La respuesta, como siempre, es la más sencilla: renuncié a la vida. Asi, como suena. hace un rato, en el mismo momento en que di el primer paso en dirección a la puerta del avión, ya había dejado fuera, por decirlo así, mi aferre a vivir eternamente y controlar mi destino. Lo que sea, será, y si esta es mi hora lo acepto sin más.

Cientos de veces he escuchado decir que esto es una insensatez. Que con una renuncia de semejante tamaño vivir es imposible, pues se pierde toda motivación, todo deseo, toda esperanza. Les aseguro que no es verdad, y que todo proviene de un error muy simple: renunciar a la vida no tiene nada que ver con renunciar a la motivación, sino más bien a dejar ir nuestro apego a las cosas, incluso a nosotros mismos. La verdadera motivación nunca debería estar depositada en cosas externas y materiales, eso lo sabemos ya; se trata de la gran obviedad. ¿Dónde depositarla entonces? ¿En qué creer si no en vivir, en tener un día más, en tener tiempo para hacer más? Bien, permítanme proponerles un cambio, una inversión “radical”, si quieren verlo así. ¿Que tal si en lugar de aferrarnos a la vida pensando que eso va a motivarnos a seguir luchando, soltáramos todas las amarras, absolutamente todas, y decidiéramos confiar en qué lo que hemos hecho, lo que hemos tenido, ha sido suficiente, y con eso basta? Qué no hace falta más. ¿Qué pasaría si simplemente aceptáramos que todo acaba, absolutamente todo, y nuestra existencia no puede, ni debe, ser la excepción? ¿Qué pasaría si simplemente nos dejásemos ir, confiando en que lo que sea que pase será lo mejor, lo absolutamente mejor, pese a que no se acomode a nuestros deseos? Ocurriría algo extraordinario, se los aseguro. Ocurriría la gran paradoja…

Al dejar ir al ego y al apego, al renunciar a la vida, perdemos automáticamente el miedo. Dejamos de apretar y soltamos. Con el acto de soltar, fluímos, y aquí es donde sucede el milagro: sobreviene la aceptación incondicional del presente y lo que sea que esté ocurriendo en él, incluso el posible cese de nuestra vida… Puesto que no podemos hacer nada, absolutamente nada para evitarlo. Con el milagro, con la calma, nos invade algo más: la felicidad, porque por primera vez podemos experimentar el momento presente con toda plenitud, sin expectativa o deseo que podamos perder; sin pertenencia que duela perder porque para empezar hemos dejado de poseer. La paradoja, pues, es esta: al renunciar a la vida es justamente cuando se empieza a vivir, plena y totalmente; de forma completa… del mismo modo que al renunciar a buscar la felicidad es justamente cuando ésta se encuentra. La motivación real del ser humano no debería ser vivir para siempre, o tener todo lo que desea, creciendo incesantemente. La única motivación que vale es vivir genuinamente y no a medias. Vivir con miedo, temiendo cada paso, cada riesgo, cada aventura, en un intento infantil de controlar el entorno o prolongar lo que, para empezar, tiene que acabar algún día, sencillamente no es vivir.

El avión está empezando a frenar. Justo a tiempo. En cualquier momento me pedirán que apague el iPad, y yo cerraré los ojos para hacer nuevamente mi acto de renuncia (¿quien dijo que con la primera vez bastaba? ¡Si hay que renunciar siempre!) O quién sabe, tal vez solo con haber escrito estas palabras lo he hecho ya. Después…veremos qué ocurre… Y que la vida me sorprenda. Yo prefiero aceptar lo que venga y disfrutarlo.

Un fuerte abrazo,

J.C.

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