“La palabra complemento es la que más problemas ha traído en el tema de la relación de pareja”, dijo la académica, y yo, virulento como soy, de ninguna manera estuve de acuerdo.

Ahí estábamos, 3 psicólogos y una periodista, sentados en este estudio de televisión que simula una sala de estar, teniendo una conversación sobre cómo y por qué elegimos pareja los seres humanos, y he de confesar que nos la estábamos pasando bomba, hasta que se me ocurrió decir que a veces escogemos a nuestro objeto de amor basándonos en una necesidad inconsciente de complemento, que puede llevarnos hacia el bienestar o la enfermedad, según qué complementemos, a saber, lo neurótico o lo sano.

Uno detrás de otro los especialistas estuvieron de acuerdo: complemento no. La palabra es errónea. Compañía, eso es lo que deberíamos decir… “Esperen”, insistí. “No me refiero de modo alguno a que las personas estemos divididas en partes o que estemos en busca de una media naranja. Más bien, creo que el asunto es que cada individuo, completo y con peculiaridades, se siente inclinado a complementar sus rasgos de carácter con los del otro”. Pero no, no hubo acuerdo. En lo tocante a la pareja humana, complemento, al parecer, está destinado a una relación en la que dos personas a medias, incompletas, que buscan llenar esos huecos, se juntan — cosa que todos sabemos que es una fantasía imposible — y en cambio lo correcto es hablar de individuos que deciden acompañarse en el viaje. Suspiré, al fin, y lo dejé estar. Preferí seguírmela pasando bomba, en lugar de iniciar un debate sin sentido. Y es que, al final, no es que no esté de acuerdo. Claro que cuando dos personas deciden unir su vida en un vínculo de cariño, también están eligiendo acompañarse cada vez que se emprende un proyecto, que se desea un cambio, o que se busca… lo que sea que se busque. Pero creo, también, que se complementan. Que si, son únicos e irrepetibles, diferenciados y absolutamente completos, pero que efectivamente sus integridades, colmadas de identidad, deben reunirse en un punto intermedio en el que las fortalezas se suman, en el que los principios se apoyan, se debaten, o modifican, en el que las debilidades se subsanan, y en el que las diferentes formas de amar, de sentir, de percibir el mundo, y de entenderlo, se funden en un solo lenguaje; en una sola comprensión única del universo que solo una pareja bien conectada, en coherencia y conjunción, puede entender.

¿Acaso un buen Rioja, un poco espeso, con su profundo color rojo y la abundante sensación de taninos, y sabores a frutos rojos, deja de ser vino cuando, en la boca, hace contacto con el sabor de un maravilloso mole negro de Oaxaca, con su delicado amargor, las notas de chocolate y semillas, y ese fascinante picor, que apenas se insinúa? El maridaje, el arte de unir armoniosamente el sabor de la comida y la bebida, es la analogía perfecta para hablar del complemento en las relaciones de pareja, pues ciertamente, cuando yo decido amarte a ti, nunca dejo de ser yo; jamás dejo de desear, de buscar, de temer, o de ser. Y tu tampoco dejas de estar, necesitar, disfrutar o de ser. Más bien, tu enorme complejidad se une a la mía en un baile perfecto en el que nuestras esencias se combinan, nuestras inquietudes se agregan, y algo totalmente nuevo se crea: un nosotros.

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¿Los opuestos se atraen? ¿Los iguales se repelen? ¿Los amigos hacen buenas parejas? La verdad, no tengo idea. A veces los opuestos hacen una buena combinación, y otras veces los iguales. A veces los buenos amigos son los amantes perfectos, y otras veces un par de absolutos desconocidos pueden hacer magia. Lo importante no es la fórmula, sino el hecho de que, en un instante, el vínculo de cariño, cuando funciona, logra algo extraordinario: que dos mundos empiecen a orbitar un mismo sol. O dicho de otro modo, que dos personas totalmente únicas sean capaces de reunirse en un mismo punto y trabajar, juntos, por un objetivo común. Un objetivo que se llama RELACION DE PAREJA. Un sentimiento común, portentoso, que se llama amor.

La pareja se acompaña, claro que si. Tanto como lo hacen el día y la noche, arriba y abajo; la oscuridad y la luz. Y también se complementan, creando una única realidad en la que no se entiende el blanco sin el negro, o el lado derecho sin el izquierdo. ¿Por qué, me pregunto, le tenemos tanto miedo a combinar nuestro corazón con el del otro? Tal vez, creo, porque estamos tan obsesionados con la individualidad, con la singularidad, que preferimos permanecer en una confortable circunstancia que puede disolverse, en cualquier momento, si mi frágil y precioso ego es herido. En fin, es una lástima.  Aquellos que dejan que el amor lentamente disuelva las paredes del miedo, los límites de la separación, y que concuerdan en un genuino y funcional nosotros,  saben que si de tener una pareja se trata, no basta con solo caminar en la misma dirección… no… Es mejor maridar, y con esa fusión, dar al día a día un sabor sorpresivo, inimitable…

Delicioso.

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