“I don’t train to lose weight or look good. I don’t train to beat anyone or impress anyone. I don’t train for bigger muscles or a six-pack.

I train because I love it. And because it’s my life“.

– Leo Babauta

http://zenhabits.net/train/

Se trata de entrenar para ser la persona que quieres ser.

Es antes del medio día. Eso, al menos, me queda claro. La posición del sol me lo sugiere. No lo sé con precisión porque no llevo reloj; no por ahora. Y si lo llevara, tampoco trataría de verlo. No estoy pensando en lo que pasó en la mañana ni en lo que voy a hacer por la tarde. No estoy pensando en quién me ve y quién no. Tampoco estoy pensando en la calidad de mis movimientos, si son correctos o hay fallas. La realidad es que solo estoy pensando en mi respiración, en la tensión controlada de mis manos y mis brazos, y el movimiento de mi cuerpo, que se desplaza hacia el frente, hacia atrás, hacia los lados, siguiendo el flujo natural de la kata que está creándose, casi por si misma, en ese momento. Subo el bokken, preparándome para hacer un corte vertical al frente, y espero. No sé exactamente qué, pero espero. Tres respiraciones, ligeras, y de pronto el mundo estalla. Con un grito dejo caer la hoja del arma y el trabajo queda finalizado. Viene la calma. Me echo hacia atrás, y con toda la sencillez que puedo, limpio y envaino el bokken, que durante toda esa maniobra se ha convertido en parte de mi ser. En un símbolo de mi alma. Solo entonces, “regreso” a la normalidad y vuelvo a pensar en el tiempo, en el espacio, en lo que está bien y lo que está mal. No obstante, cierro los ojos, vuelvo a poner atención consciente en mi respiración, y poco a poco esa normalidad conocida se va de nuevo. Me pongo en posición, firme, mirando al frente, y desenvaino de nuevo el bokken. Una nueva kata acaba de empezar.

Lo que acabo de contarles es la forma en que tradicionalmente entreno. La descripción de uno de varios instantes que, sumados, formaron parte de mi práctica personal de iaido del día de ayer. No, no asisto a clase. No voy a un dojo, y por lo pronto, no tengo Sensei. No lo hago porque me lo ordenan, porque tengo que hacerlo, porque tengo que cumplir con un horario, o porque tengo necesidad de hacerlo. No quiero agradar o impresionar a nadie, y como dice la cita con la que abro este post, tampoco tengo deseos de competir o demostrar de qué soy capaz. Diablos… Ni siquiera tengo compañeros de entrenamiento. Lo hago, todo, absolutamente solo. Lo hago porque quiero, porque me fascina, porque me hace bien. Y esa es mi única razón. Entrenar me ayuda a fluir. A conectarme con el presente y conmigo mismo. No hay metas, no hay objetivos, no hay “deadlines”, no hay premios o castigos. Si no practico esa mañana no siento culpa, pero si entreno tampoco experimento orgullo arrogante. Tomo las cosas como son, como van, y yo voy con ellas. Pero eso si… Entreno; entreno siempre que puedo. Entreno en casa, entreno en el estacionamiento del consultorio — tengo un iaito justo aquí, enfrente de mi –, entreno en el terreno que solemos visitar los fines de semana. Lo hago constantemente, con disciplina, y se nota. Mi cuerpo, pero sobre todo mi espíritu, lo nota. Porque estoy en calma, estoy tranquilo… Y todo va bien. No, no se trata de decirles “¡Hey! Hagan como yo… ¡Mi ejemplo es el bueno!”. Eso sería fanfarrón. Pero si se trata de explicarles lo que a mi me funciona, esperando tal vez que algo de todo ello también pueda servir para ustedes.

Como sea, el asunto es que, con cierto desconsuelo, cada vez veo más gente que entrena, que hace el ejercicio que sea, del mismo modo que hace todo lo demás: con miedo. Van al gimnasio porque “tienen” que hacerlo. Porque “tienen” que quemar esa grasa, porque “deben” verse bien, porque les “urge” que esa ropa les quede, porque el doctor les dijo que tienen sobrepeso y su salud está en riesgo. Lo hacen porque están preocupados, porque creen que no son suficientemente buenos, y solo lo serán si hacen lo que se espera de ellos, insisto, como todo lo demás (lo mismo con el coche, con la ropa, con el trabajo, con el depa, con los amigos, con el alcohol, etc., etc.). ¿Qué pasaría, piénsenlo bien, si todos, en lugar de estar pensando en las metas que queremos cumplir, y más que eso, en las cosas horribles que queremos evitar, pudiéramos concentrarnos, aunque sea por una hora al día, en hacer las cosas porque si? ¿Porque hacerlas es bueno, y ya? ¿Porque hacerlas me hace feliz, y ya? ¿No seria todo mucho más sencillo? Yo creo que si. Al menos la presión, el estrés, se iría al demonio… Y eso es algo que vale la pena.

katana 01

Pasamos demasiado tiempo en el pasado, reprochándonos lo que no hicimos y sintiéndonos mal por ello, y demasiado tiempo en el futuro, fijándonos metas y objetivos que, la mayoría de las veces, nunca se logran al 100%, experimentando la angustia y ansiedad de la anticipación, la preparación, el control. Así no se puede tener paz de espíritu, no se puede ser feliz. Hay mucho deber y muy poca consciencia. ¿Que pasaría si, al entrenar — o para el caso, hacer cualquiera de las cosas que usualmente hacemos con regularidad — pudiéramos estar al pendiente de este momento, responzabilizarnos solo de él, no de lo que vino o vendrá, y fundirnos por completo en él? ¿No creen que lo gozarían con mayor plenitud? Y más aun… ¿No creen que lo aprovecharían mejor? Yo creo que si. Eso es lo que me ocurre cuando entreno… Y cuando dibujo, y cuando escribo — como ahora… No sé ni qué hora es –, y cuando platico con mi esposa… Eso es lo que me ocurre cuando me permito estar, plena y totalmente, en el presente… Que de hecho es el único lugar real en donde estamos. El pasado y el futuro no existen. Son estados mentales. ¿Lo habían visto así? Son irreales. Pero si pasamos mucho tiempo ahí, nos perdemos del momento, nos perdemos del presente. Y eso es una lastima.

No se trata de pasar todo el tiempo en el presente. No creo que se pueda. Tendríamos que deshacernos absolutamente del ego y eso tampoco creo que sea posible. Se trata, más bien, de hacer un intento por meditar todas las acciones que podamos y aceptar todo, todo, lo que está pasando en este momento, nos guste o no, concuerde con lo que esperábamos o no, de manera voluntaria, volviéndonos más hábiles en ese ejercicio con el tiempo y la regularidad de la práctica. Aunque no es fácil. Se trata de tener más presencia y menos expectativa, más actitud y menos miedo. Se trata de fluir. ¿Y qué es fluir? Básicamente, quitar estorbos. Y si, queridos lectores: las metas, muchas veces, estorban más de lo que ayudan. Las expectativas, los deseos rígidos que nos producen malestar o tristeza cuando no se cumplen, estorban. El presente, en cambio, es un vacío enorme donde está ocurriendo, ni más ni menos, todo lo que tiene que estar ocurriendo, incluido mi ser, y mi entrenamiento. No lo que debería, no lo que tendría… No lo que nos asusta que no ocurra… Sino lo que está ocurriendo. Y ya.

Insisto, no es fácil… Tampoco intenten hacerlo todo el tiempo y luego sentirse mal porque no lo lograron a la perfección — eso desafiaría, justamente, el objetivo de la práctica –. Solo recuerden, de vez en cuando, tener mas presencia en el momento, y olvidarse de lo que vino o vendrá. Creo que comprobarán que los resultados son muy satisfactorios, pero sobre todo, que alivian y armonizan la mente. Entrenen así, con la mente y el cuerpo en donde está. Al fin y al cabo, como decía Einstein, el futuro siempre llega… No necesitamos concentrarnos en él… Lo único que hace falta es estar. Realmente estar.

Bonita semana.

J. C. .

[Breve glosario: kata– forma. Conjunto de movimientos coordinados y secuenciales que sirven como práctica para la mayoría de las artes marciales tradicionales. Bokken– espada de madera que simula la forma, tamaño y peso de una katana o sable japonés, empleado para entrenamiento. Iaido– arte marcial japonés en el que se aprende el uso de la katana; su desenvaine, corte y envaine. Iaito– espada de entrenamiento semejante a una katana, pero sin filo, hecha de una aleación de aluminio en lugar de acero.]
Compartir