Tengo bastantes años practicando psicoterapia y enseñando a la gente mindfulness y meditación. Frecuentemente mis pacientes me hacen una pregunta que siempre contesto del mismo modo y con mucha sencillez.  Creo, justamente, que es en su sencillez donde radica que a casi ninguno le guste — o más aún, la comprenda — en un principio.  La magia, sin embargo, ocurre después, cuando dejan de intelectualizar la respuesta y simplemente la llevan a cabo.

Más tarde o temprano, después de que hemos analizado hasta sus últimas consecuencias un conflicto inconsciente, casi invariablemente y con un gesto que bordea entre el extravío y la confusión, me preguntan “y eso… ¿cómo lo hago?”.  A veces ocurre cuando nos hemos dado cuenta de que se ha vuelto extremadamente auto-crítico y controlador y por eso siente culpa, o a veces cuando descubrimos que su dignidad está en juego porque no se ha empeñado en darse su lugar frente a otros, y mil causas más.  Entonces yo suelo hacer una pausa, apenas unos segundos, sonreír, y declarar sin demasiada pompa “poniendo atención. Enfocándote. Disciplinándote.  No hay más”.

Disciplina es una palabra que tiene mala pinta. Asociada a prácticas castrenses de dominación, sumisión, e instrucción punitiva, pareciera como que nadie quiere tener que ver nada con esa práctica. Ser disciplinado es doloroso, y en el fondo, simplemente da flojera. ¿Pero y si revisamos por un momento la etimología de la palabra? Tal vez nos llevemos una sorpresa.

Del latín disciplina, el significado sugiere instrucción, aprendizaje, conocimiento; y de esa misma lengua, discipulus: objeto de la instrucción, del conocimiento o la ciencia. De modo que habremos de afrontarlo de una vez: disciplina nada tiene que ver con dolor y masoquismo, sino con mostrar disposición de aprender. Ser disciplinado significa, de una forma muy sucinta, volvernos discípulos. Dejarnos sorprender. Abrir los brazos y recibir lo que la vida quiere darnos.

¿Ha intentado alguno de ustedes prepararse una buena taza de té? ¿O una buena taza de café? Todo aquel que sepa de lo que estoy hablando cuando utilizo el adjetivo “buena” comprenderá que una bolsita de infusión, de esas que compramos en el super, es una aberración tanto como lo es la cucharada de café soluble que muchos utilizan durante la cena.  Nos “saca del paso”, es cierto, pero su sabor, seamos honestos, es bastante mediocre.  Si queremos tomar una gran taza de té, por lo menos, deberíamos emplear hojas genuinas de té, verde o negro; deberíamos calentar el agua a fuego lento, sin dejarla hervir, y además deberíamos usar una canastilla especial para té, la cual pondremos en el agua solo durante tres minutos, no más, a riesgo de amargar irremediablemente la infusión en caso de pasarnos de este tiempo.  Descrito así, preparar una buena taza de té toma, es verdad, al menos cinco o seis minutos… y eso en caso de que tengamos todo a mano.  ¿Cuántos de nosotros realmente lo hacemos? Casi nadie, y mucho menos cuando el “micro” está al lado de nosotros, y las bolsas de infusión comercial son tan prácticas de usar.  La vida es rápida, aducimos.  Tenemos prisa… Así que las cosas se hacen así. Lo malo es que, lo vean como lo vean, el sabor de una taza de té preparada bajo este método es, bueno, bastante pobre.  Como nuestras vidas.  Rápidas, efectivas…limitadas.

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¿Y saben algo? En justicia debo decir que una taza de té, para algunos, la mayoría, puede ser un asunto trivial, y si, es verdad que una bolsita de té Lagg’s nos saca de un buen aprieto de vez en cuando… ¡para eso es! Para ser light y sacarnos-del-aprieto.  Pero nuestra vida, amigos, nuestra vida NO debería vivirse de modo light.  Nuestra vida no está diseñada para “sacarnos del aprieto”.  Vivirla con cuidado, con detenimiento, con calma, poniendo atención en todos los detalles, es justamente lo que nos saca del aprieto, y no al revés.

Así que la respuesta que doy a mis pacientes ante ese confuso “¿cómo le hago?”, PON ATENCION, no es otra cosa más que vuélvete consciente de ti mismo.  Y eso ¿cómo se logra? Practicándolo.  A diario.  A cada momento.  Siempre que haya oportunidad. Eso es justamente el corazón de la disciplina: Poner atención todo-el-tiempo.  ¿Desgastante? Puede ser.  ¿Recompensante? Mucho.

Casi nada que tenga un gran valor se hace rápido y a la ligera. Una obra de arte usualmente toma meses, o años.  Un proyecto triunfador se lleva a cabo en un tiempo similar. Un cuerpo sano se consigue después de una vida de hacer ejercicio y comer balanceado.  Un matrimonio estable de construye a lo largo de interminables ciclos de adaptación.  Disciplina es constancia y entrega a algo grande y bueno, a algo útil y sano.  La disciplina es perfeccionar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro espíritu para que no sea solo bueno o eficiente, sino para que cumpla al 100% con su capacidad de Ser.  Una taza diseñada para contener solo 100 ml. de líquido no es inferior a una de 600 ml… Pero eso si, una taza de 100 ml. que contiene esa cantidad de líquido, ni más ni menos, siempre estará más equilibrada que una de 600 que solo es capaz de contener 300 porque está rota o mal construida.

Pongan atención en sus sentidos… en el aroma del café que toman en la mañana.  Pongan atención en lo que ven, en el perro que camina por la calle, la luz del sol que entra por la ventana, o hasta en las líneas que van formando poco a poco las arrugas en la palma de sus manos. Pongan atención en lo que escuchan, en el ruido del avión o el sonido del pájaro que canta en el árbol más cercano.

Manténganse enfocados.

Poco a poco perfeccionarán su capacidad de verse a si mismos, y de ahí a lograr un real auto dominio, no estamos tan lejos.  Lo único que hace falta es la práctica, el empeño, y mucha, mucha paciencia.

Si.  Tienen razón. Es difícil, y toma tiempo.   Ni para qué discutirles.  Pero verán, al final ustedes eligen cómo quieren vivir su vida: como una taza de té comercial, o como una taza de té preparada con cuidado, dedicación y cariño — creo que esa es la palabra clave: cariño —.  Es cierto, los dos son “tés”, pero ¡diablos! Menuda diferencia.

Menuda diferencia…

J. C.

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