¿Cómo puedo ayudar a mi amigo; a una persona que realmente no desea ser ayudada? Hace un par de días, una paciente me preguntó justamente eso…   La respuesta fue clara, simple y contundente:

No puedes.

Podrá chocarte la respuesta. Podrás odiarla, creer que exagero, poner los ojos en blanco y pensar “¿de qué hablas?”, pero la realidad simplemente no puede cambiarse — por más que me gustaría lo contrario —. Ayudar a alguien que no quiere recibir tu ayuda es imposible. Más aun… No solo es imposible sino que en si mismo, el intento de hacerlo podría constituir una forma de agresión.

“¿Cómo? Encima de que quiero ayudar, ¿ahora resulta que eso es una agresión?”

Si, lo es.

Más allá de las buenas intenciones, e incluso genuinos buenos deseos, y la manifestación sentida de cariño y preocupación.

Seguramente les ha ocurrido. Un día amanecen de malas, por cualquier motivo, no importa cuál. Llegan a la oficina, o al gimnasio, o a donde sea, y en eso aparece un bien-intencionado amigo, conocido, compañero, y con una media sonrisa en los labios empieza, “¿sabes? Yo creo que deberías–“… y el resto del consejo se pierde entre los clamores internos por silencio. “Oh, cállate… ¿quién te preguntó?”…

El consejo no pedido es incómodo, es inoportuno, y casi siempre se percibe en nuestro inconsciente como una agresión. Finalmente, ¿en qué momento otorgamos el permiso de opinar?

De algún modo u otro, lo mismo ocurre con la ayuda.

Frecuentemente, el deseo de ayudar a alguien proviene de una expresión verídica de afecto e inquietud por aquel. Insisto en ello: el propósito puede ser bien intencionado de origen, sin embargo, cuando intentamos denodadamente dar una recomendación a alguien que no la ha solicitado, cuando tratamos de apoyar a alguien que tal vez preferiría que lo dejaran tranquilo un rato, en suma, cuando tratamos de imponer a otro lo que nosotros creemos que es mejor, aun con el objetivo más caritativo en mente, sigue siendo eso, una imposición, y por donde se le vea, imponer nuestros deseos al otro no tiene nada de ayuda, ni mucho menos de empático.

Tomemos las palabras de Sandy Hotchkiss, (Why is it always about you?, un buen libro acerca de la personalidad narcisista):

“La habilidad de establecer empatía, de comprender con precisión cómo se siente otra persona, y sentir compasión por ella en respuesta, requiere que nos salgamos de nosotros mismos temporalmente con el objetivo de sintonizar con alguien más. Debemos apagar el ruido de nuestras propias preocupaciones y abrirnos a lo que la otra persona está expresando” (itálicas son mías).

El meollo del asunto está en eso: apagar el ruido de nuestras preocupaciones

Dense un momento para pensarlo y verán que la mayoría de las veces, cuando nos esforzamos demasiado por ayudar a alguien que no nos ha pedido que lo hagamos, tendrá que ver con ansiedades internas (me preocupa la salud de mi hermano, no quiero que le pase nada a mamá y, mi esposo debería poner más atención en su salud, ¡mi pareja está tan equivocada! Debo sacarla de su error, etc.) y no tanto con lo que el otro verdaderamente necesita.

En ocasiones, aquellos que queremos necesitarán y querrán nuestro apoyo, por supuesto.  En mi opinión, nuestra labor es mantenernos atentos a la oportunidad y abiertos al mensaje que nos manden — que a veces no será el que suponemos o esperamos —. Si estamos disponibles, dispuestos y abiertos, pero sobre todo, si podemos hacer temporalmente a un lado nuestras necesidades y ansiedades, y verdaderamente poner atención en el estado de ánimo, las palabras y las acciones del otro, es mucho más probable que seamos percibidos como posibles proveedores de auxilio.  Si es así, confiemos en que el otro tendrá la capacidad de pedirnos consejo o ayuda cuando lo considere pertinente.

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Debemos confiar en los otros. En su capacidad de reacción y de solicitud. Eso es fundamental.

Cuando aprendemos a confiar y a dejarnos ir, nos volvemos menos aprehensivos, menos ansiosos, menos encimosos, y es entones cuando verdaderamente constituimos una posibilidad real de apoyo.  Mientras sigamos insistiendo en imponer nuestro parecer, por positivo que sea el impulso que nos guía, no deja de ser un atentado contra la voluntad e individualidad de los demás.  Muchas veces es mejor guardar silencio, sonreír, y apoyar una mano cálida y sincera en la espalda del otro, que tratar de tener la mejor respuesta, la mejor alternativa.

Un abrazo, como siempre.

J.C.

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