Tengo una confesión que hacer. Estoy triste, profundamente triste. Desde el martes 19 de septiembre un nudo me ahorca la garganta, y un agujero percute en mi estómago.  No, no perdí a nadie, tampoco me quedé sin mis pertenencias. Cuando tembló no estaba en la Condesa, ni en Xochimilco. Estaba aquí, donde siempre estoy, en mi consultorio, con una paciente. En esta zona no hay alerta sísmica en la calle, así que el movimiento empezó como lo hace siempre, sin aviso ni misericordia. Arriba, abajo, a un lado y otro, con violencia, así que durante más segundos de los necesarios mi mente solo pensaba una cosa: esto es demasiado intenso, demasiado duro, demasiado largo. Demasiado…

Y lo fue.

No, yo no perdí nada, pero sigo triste. Por eso he tardado tanto tiempo en escribir. Tratar de transmitirles algo en este momento, cualquier cosa, me parecía de pronto tan fuera de lugar, tan inapropiado, y yo me encontraba tan descorazonado, que me limité a hacer como muchos: seguir casi con obsesividad las noticias, ir a centros de acopio, donar, salir poco a la calle, no estorbar, y si, seguir trabajando, mientras platicaba con la gente, consolaba a mis pacientes, en un intento por darle sentido a algo que mi cabeza, seguramente como la de ustedes, no puede entender.

Qué frágiles somos. Qué vulnerables. Qué rápido se va todo.

Solo son necesarios unos segundos para morir.

Pero entonces me asalta. Entonces comprendo… y solo hasta entonces decido sentarme frente al teclado, no porque me sienta mejor, porque el malestar sea menos intenso, o porque esté genuinamente más animado.

Solo son necesarios unos segundos para morir.

Pero también lo son para vivir.

Solo son necesarios unos segundos de valentía. Unos segundos de enfoque. Unos segundos de calma. Solo son necesarios unos segundos de genuina humanidad, honesta compasión, de firme convicción, para hacer lo que se tiene que hacer. Ponerse de pie y levantarse. A veces… solo a veces, el buen ánimo no es tan necesario. El carácter… vaya… ese si que lo es.

Dicen los que saben de trauma y de resiliencia, que una sensación de seguridad es indispensable para iniciar la recuperación después de una crisis severa. ¿Pero cómo, cómo lograr seguridad, cuando justamente es lo último que sentimos en una situación como esta? Y hoy, para colmo, vuelve a temblar. Gritos, llanto, miedo… tanto miedo. ¿Cómo sentir verídica seguridad ante la constante incertidumbre, ante el poder de la naturaleza, ante la inminencia de la muerte?

Cavando profundo, amigos. Cavando profundo. Solo así.

Porque como dice Alan Watts: en verdad no tiene sentido aferrarse a piedras que están cayendo junto con nosotros.

La seguridad está ahí adentro, en el alma y el corazón. En la decisión. En el carácter. En los maravillosos principios que parecerían tatuados en el ADN del mexicano, que nos gritan sigue, sigue, sigue, sigue. Tu-solo-sigue.

Y así lo haremos. Seguiremos. Bastan solo unos cuantos segundos, bien vividos, para que todo este show que llamamos existencia valga la pena. Y vaya que lo hemos hecho.

En solo tres días he visto a los millenials, esos que algunos odian tanto por huevones y egocéntricos, entregar su cuerpo y su alma sin descanso, incluso arriesgando su vida, por la de otros; y he visto a los más viejos deshacerse de su aparente caduquez, para cargar cajas, paquetes, doblar ropa, acomodar medicinas, y aplaudir la ayuda. He visto a los que no pueden dejar sus trabajos porque necesitan continuar en favor de su familia y sus obligaciones donar dinero, o alimentos, o lo que sea, sin dejar de estar pendientes de las redes sociales y las solicitudes de los rescatistas; y a otros los he visto entregar su profesión, sin cobrar un solo peso, solo por ayudar. Ah, y claro, he visto a ese Ejército, a esa Marina, a esos policías, que seamos honestos, que miedo y coraje les tenemos, convertirse en héroes. Una y otra vez.

Una y otra vez.

Hace tiempo escribí un artículo: la bondad del hombre común. Y hela aquí, como pasa en otros países del mundo, en otras épocas de la historia: personas reales de carne y hueso, hilvanando leyendas con sus propias manos.

Hay cinismo, y mucho. La estupidez nihilista domina algunas mentes: “la vida no tiene sentido. Ya lo hemos visto todo. Nada nos sorprende. Nada va a cambiar. La maldad es real”.

Y hoy, triste y todo, porque me siento impotente a veces, porque aunque yo no haya perdido nada odio el dolor de otros, un dolor que me pesa de verdad, me encuentro con que ya no estoy dispuesto a tolerar que la gente necia y derrotista me diga que el ser humano es malo por naturaleza y que somos nuestro peor enemigo. Es mentira. Si quieren una prueba, salgan a la calle. Los reto con millones de ellas, a las que si, les bastan unos pocos segundos, para vivir, y con esa vida, generar una reacción en cadena que hará eco durante una eternidad.

El mal siempre será escandaloso. Siempre hará ruido. Siempre nos llamará la atención. Siempre venderá notas y generará fervor; será útil para canalizar nuestra frustración y proyectar nuestra furia y reclamo. El mal, retorcido como es, pero pequeño en su naturaleza, siempre gritará fuerte. Pero el bien es mayor. Sutil, si, y silencioso, pero mayor. Ya lo decía Suzuki: basta una sola vela, una sola luz, en un cuarto oscuro, para alumbrarlo. ¿Pero qué pasa, qué pasa, cuando a esa se unen otras, hasta el infinito?

Ocurre la especie humana, amigos míos.

Ocurres tu. Ocurro yo.

Ocurre el bien mayor.

Así que ten cuidado con el cinismo. El de las calles, el del rumor, el de la envidia, el de el resentimiento. Ese que prefiere quejarse en las sombras. Pero no le tengas miedo, ¿para qué? Solo ponte de pie y cállalo con tu convicción y tus acciones. Lo demás, será.

Vienen meses difíciles. Mucha gente está sufriendo. Tal vez tu mismo, o alguien cercano que conoces. Han muerto muchos, y seguirán haciéndolo. Muchos más perderán sus pertenencias, a sus mascotas, a sus hijos o sus padres; a eso se sumarán las penas de todos los días: la enfermedad, el divorcio, la mentira… la enorme, enorme incertidumbre. Por eso, tristes o no, asustados o no, tendremos que hacer lo que se requiera de nosotros; ni más ni menos. Unos habrán de dejar ir, otros de apretar, con más fuerza que nunca, y todos, todos nosotros, al unísono, deberemos aferrarnos a una cosa maravillosa:

La esperanza.

¿Cursi? Me da igual. Todos necesitamos un poco de cursi en nuestras vidas.

Gracias por leer, quien quiera que seas, pero más por existir. La lucha sigue, y es un honor tenerte a mi lado, Mexicano… humano… Es un honor formar parte de esta raza y este país. La historia va a recordarnos, créeme. Así que no te rindas.

Aunque sea por solo un segundo más.

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