Nada. Eso es exactamente lo que ganas.

Hace algún tiempo escribí acerca de cómo las parejas deberían discutir para crecer, y ahora me quedo pensando que faltó algo por añadir, algo importante, en la línea de la responsabilidad y el respeto, así que vale la pena decirlo…

En pareja es inevitable discutir. Lograr la reunión de dos mentes, tan diferentes entre si, en un solo espacio y tiempo, intentando además orientarlas hacia el bien común, no es posible de otra manera. Por desgracia, con las discusiones, regularmente también aparecen los reclamos. Muchos son similares a “pero es que tu olvidaste hacer lo que te pedí”, “tu eres la que me hace enojar”, “¡tienes un carácter del demonio!”, “yo te contesto así porque tu me hablas mal”, pero hay mil variedades más. Reprimendas que solo sirven para hacerle saber a la persona que está frente a nosotros — que coincide con ser aquella que amamos, y, desde luego, también nos ama; no se nos olvide —  que estamos inconformes, y más aun, que le culpamos por nuestro comportamiento y sentimientos. En una afirmación clara que parecería asegurar, “tu eres responsable de mi estado de ánimo, mis palabras, y mis acciones”, damos por terminado el asunto, y dejamos al otro que trabaje solo para arreglar el problema en cuestión. Nosotros nos lavamos de manos, descargando en la pareja no solo la culpa, sino además nuestras emociones; renunciando por completo a la responsabilidad y, más aun, a la posibilidad de cambiar, crecer, evolucionar.

En justicia, debemos reconocer que es fundamental expresar a nuestra pareja cómo nos sentimos cuando estamos enojados, o inconformes, sin embargo esto solo debería pasar cuando nosotros mismos, primero, hemos trabajado en nuestras fallas o errores, y en las posibles acciones, por más inconscientes que sean, que pudieron haber llevado a nuestra pareja a molestarse con nosotros en primer lugar, o a que hiciera cosas que, en nuestro parecer muy personal — que habría que recordar, no todos tienen por qué compartir –, no son válidas. Es decir, primero deberíamos hacernos responsables por nuestra persona, y solo después de haberlo hecho, indicar al otro lo que deseamos, o esperamos.

La óptica es absolutamente diferente. En el reclamo rápido, sin reflexión, esperamos que el otro cambie para que, solo después, nosotros lo hagamos.  En cambio, en esta alternativa que les planteo, se propone una inversión en los papeles: hacerme cargo yo, de lo mío, mientras tu te haces cargo de lo tuyo — solo funciona si los dos actúan con el mismo nivel de responsabilidad. De lo contrario, es uno solo el que termina cediendo, cambiando, y por ende, cargando con la relación, cosa que a la larga va a cansarlo, y desde luego, no sirve para nada –. La idea es dejar de esperar a que tu te transformes en lo que conviene a mis intereses, y más bien yo encargarme de suavizar mi postura, pensando más bien que muy probablemente yo también estoy contribuyendo a la discusión. Que yo también debo haber hecho cosas que molestan, y por ende, tengo el deber de atender.

Los seres humanos nos acercamos con expectativas a todas la experiencias a las que nos enfrentamos, ya sea degustar un platillo, comprar un automóvil… o a la pareja con la que compartimos la vida. En la medida en que nuestras expectativas no se cumplen, sentimos frustración, poca o mucha, y es ahí donde creo que se haya el meollo del asunto.

¿Nunca han pensado que su pareja es menos expresiva de lo que quisieran? ¿O que no dijo específicamente eso que querían escuchar en ESE momento particular? ¿O que no está suficientemente dispuesta a tener relaciones sexuales? ¿O que no es suficientemente limpia? Seguramente si. Nos ha pasado a todos. Lo malo es cuando empezamos a dejar de ver las cosas buenas que nos ofrece el otro y lo convertimos en un ente totalmente malo, o negamos lo que no nos gusta y nos sacrificamos continuamente por ese absoluto de bondad que debe permanecer a mi lado.

Debería, tendría, me lo merezco. ¿Hasta dónde acaba el listado de cosas que el otro está forzado a hacer según nuestras exigencias y expectativas? Si  no somos conscientes de nosotros mismos, hasta el infinito.

Creo que el éxito de una relación de pareja depende de escogerla todos los días. No se le elige solo en el momento en el que nos preguntamos si queremos estar juntos. Es un acto que se lleva a cabo a cada momento, y solo en la medida en la que entendemos que el otro NO TENDRIA porqué satisfacer cada una de nuestras necesidades, pues se trata de una persona individual, separada de mí, y que en realidad me ofrece lo que puede y punto, nos daremos cuenta de que soy yo quien tiene que decidir si está conforme, a gusto, con lo que SI recibo del otro, aunque no sea exactamente lo que deseaba en un principio. Por eso creo que es una decisión diaria. Y claro, no hablo de los grandes problemas como una infidelidad — por ejemplo — sino de los pequeños detalles diarios que son los que van minando poco a poco el vínculo.

Lo que estoy tratando de plantear es que el éxito de una pareja depende en gran medida de la calidad del espacio que comparto contigo. En la medida en la que estoy dispuesto a respetarte como una persona integral y no discutir contigo cada vez que haces algo — o no — que no cumple con cualquiera de mi enorme lista de expectativas, las cosas van adelante. Si lo que me das — como el aroma o el sabor del café — es tan bueno que puedo renunciar a esa expectativa, entonces vale la pena estar contigo. Es mi elección, y es en esa decisión donde tal vez perdemos algunas cosas, pero ganamos otras, y eso es lo hermoso del asunto.

Debemos recordar que la pareja está compuesta por dos miembros de un mismo equipo, y que todo aquello que afecte a uno, afectará instantáneamente al otro. Tener razón no sirve para nada, pues deja al otro derrotado, y como derivado automático, a nosotros también. Además, si yo me hago cargo de lo mío, antes de esperar que tu cambies para entonces hacerlo, estoy actuando con amor, cuidándote antes a ti que a mi; viendo antes por tu beneficio que por el mío. Esto solo es posible cuando el amor es maduro, cuando hemos logrado trascender, aunque sea un poco, nuestro ego, y cuando recordamos que todo lo que damos, es lo mismo que obtenemos. Todo lo que depositamos allá afuera, es lo mismo que regresa a nosotros.

Imaginen, si todos en este mundo estamos conectados de algún modo, cuánto más lo estamos a la persona que amamos, y con la que hemos decidido compartir nuestra vida.

Creo que conviene intentarlo.

¡Sé responsable!

Y por favor, camina al lado de tu pareja. O mejor aun, corre con ella.

Peleen juntos. No uno contra el otro. Juntos. Ganen la carrera.

Juntos.

J.C.

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